Unordered List

Respondiendo a una "buctubera"

RECIENTEMENTE ATENDÍ EL SIGUIENTE VIDEO y me compelió a responder de la manera que anoto enseguida:

Hola, he escuchado con detenimiento tu carta, en parte porque me he sentido aludido, aunque no sé si has visto mis videos empezando por este "Sopa de Extranjerismos".

Confieso que me tentaste a hacer un contestación también en video, pero tras atender las ligas que aquí compartes así como los comentarios de tus seguidores preferí compartirte mi punto de vista aquí, así, por considerar la forma más contundente.


Luego de escuchar el podcast y de ver el video que refieres noto que la piel de algunos "buctuberos" es extremadamente delgada o su capacidad de lectura es tan superficial que no ven más allá de lo que la ironía busca señalar, y esto lo digo en consonancia con algo que te comenté en un video previo, no recuerdo cuál.

Entiendo que puedan sentirse "ofendidos" por ser tachados de cierta forma, con determinados adjetivos por cierto, para no variar y en la línea de lo mismo que adolecen los "buctuberos" tomados de la cultura anglosajona, tales como "nerds", "freaky", etc. Yo mismo he padecido a lo largo de mi vida de calificaciones semejantes y hasta peores, desde "ratón de biblioteca" hasta "ente raro" (que no otra cosa significan esos adjetivos), y más pronto que tarde aprendí a engrosar mi piel y a tomar las cosas como de quien vienen, sin "hacerme cruces" o "autofagelarme" con una autoconmiseración innecesaria y resultante de una baja autoestima.

Miro varios canales de diversos "buctuberos" y, es verdad, les guste o no tienen características que no comparten con el común denominador de los jóvenes y es justo eso lo que los hace distintos, valiosos, aunque no únicos ni irrepetibles. ¿Raros? Sí, porque el común denominador no lee. "Matados" en el sentido de estudiosos, sí; porque el común denominador va aprendiendo de los libros, los maestros, los pares y la vida como por ósmosis, reactivamente, sin detenerse demasiado tiempo en el disfrute de las cosas que el hombre ha creado, analizando y se conforman solo con entender sin apuntar a la comprensión de las cosas que la existencia ofrece real e imaginariamente, a diferencia de algunos "buctuberos".

Es verdad también que muchos "buctuberos" dejan bastante qué desear en la manera como presentan sus contenidos, aun cuando los hacen con un amor indiscutible. Las reseñas de algunos, ni a reseñas llegan por fallas "naturales" en su manera de expresión; ya no digamos que ni siquiera se acercan a algo similar a una crítica. Los argumentos que exponen en algunos casos, sí, son, aunque auténticos, torpes y mueven a risa, son en este sentido ridículos, pero no vergonzosos.

Los señalamientos de los locutores en las ligas que compartes no se burlan con afán destructivo, así lo entiendo, aun cuando reconozco que sus señalamientos son tan ligeros como lo que señalan. El mismo autor "Blue Jeans" hace mofa como sintiendo pena ajena, en tanto autor, como diciendo: ¡esa clase de lectores tengo!; y como reconociendo: ¡a esa clase de lectores apelo!

Tu carta, conmovedora sin duda, me parece un lamento más que una exhortación. Acompaño no obstante varias de tus ideas. No hay necesidad de maltratar a nadie al momento de efectuar una crítica, pero a veces esta, de tan dura y necesaria, al criticado le resulta ofensa sin serlo, un atentado a su amor propio. Cierto, yo mismo como profesor de comunicadores y comunicólogos por más de 20 años he enfatizado la importancia del respeto por el otro, sin embargo también he acentuado el valor de la crítica y de la autocrítica, y veo en algunos "buctuberos" ausencia de esta última al amparo del regodeo a veces insulso en la tarea de hacer lo que es su mero gusto.

Como le dije en alguna otra ocasión a otro "buctubero", entre el abuso de expresiones sajonas por simple moda y la repetición de formas y maneras de presentar los contenidos la fórmula del booktuber empieza a verse gastada por más que la paren de cabeza. Tu caso es de los pocos que rescato.

Hace no muchos años, editorial Alfaguara hizo un concurso para incluir a blogueros en un proyecto mercadológico llamado "Cadena de Lectores". Enemigo de concursos, me animé a participar quedando, para mi sorpresa, entre menos de una decena de elegidos, la mayoría muchachos 20 años menores que yo. Así comencé mis colaboraciones "gratuitas" a lo largo de 3 años reseñando libros en mi muy particular estilo que hace mi blog "Elogio de la Lectura" escrito y (ahora además) en video (¡sí, soy "buctubero"!). Siendo profesional de la comunicación, mi pago eran los libros mismos que me enviaba la editorial. Mi madre, promotora de la lectura, cómplice de mis "botines" tras cada Feria del Libro, bibliotecaria, con puntual ironía cierta vez me dijo: hoy no hay comida, así que a ver si cocinas un estofado de libros a falta de sopa de letras.

En fin, ¿a dónde he querido llegar? A esto, a lo mismo que decía Luis de Góngora: "ande yo caliente / y ríase la gente" o como yo mismo he escrito en estos ejemplos:

Leer o no leer, ¿ahí el dilema?


Si bien en muchas ocasiones comulgo con Arturo Pérez-Reverte en muchos temas, esta vez no es así (léase la nota adjunta:"El Quijote crea buenos ciudadanos: Perez-Reverte").

Comprendo a cabalidad la importancia literaria y que para la cultura y la lengua hispanoamericanas reviste El Quijote entre muchas otras obras "consentidas", no obstante me queda claro, desde la experiencia en la academia y la personalísima que, dadas las características de las nuevas generaciones, lo peor que puede hacerse en la educación, cualquiera que sea, y especialmente en niveles primarios y secundarios es imponer, obligar a la lectura, así se trate de los clásicos.

Por lo menos en México, donde muchas veces los mismos profesores no están debidamente preparados para conducir a los educandos en la lectura analítica y de comprensión, forzar la lectura de ciertas obras so pretexto de ser fundamentales para el desarrollo humanista de los individuos, en lugar de incidir positivamente en el interés y afán de cada cual por acercarse a los libros redunda en su rechazo. Si a esto aunamos las "facilidades" que conllevan las tecnologías en aspectos didácticos y en el "ahorro" expresivo, pero aún.

Hoy más que nunca antes, a los lectores se les debe persuadir, seducir. Los clásicos no son el garbanzo de a libra, como sí ocurre con algunos textos que, a pesar de su discutible calidad tienen la ventura de tocar la curiosidad, de hacerse significativos para los estudiantes, atraerlos como moscas a la miel de las páginas de un libro.

No estoy afirmando ¡guácala con los clásicos! Ellos también tienen la virtud anotada y muchas más. Solo reconozco y enfatizo que cada lectura tiene su tiempo de maduración. No todos empezamos, de niños, leyendo a Salgari ni de él mismo sus obras de aventuras en los siete mares. No todos tenemos la capacidad imaginativa para comprender el surrealismo de Ende o de Franz Kafka, para el caso de traducciones al español (luego poco confiables). Yo mismo no me atreví a leer Cien años de soledad hasta que me sentí mental, intelectualmente preparado para acometer la empresa. Y es fecha que no he leído Don Quijote de la Mancha. En el arte en general hay obras cuya relevancia no puede ser atajada como si nada.

No todos le entran a la poesía (si lo sabré de sobra en tanto poeta), así se trate de un texto erótico o uno plagado de consignas contra los politicastros.

Hoy veía una nota sobre un grupo de jóvenes cantando una canción de protesta contra el gobierno mexicano y lo primero que noté fue el rango de edades de los cantantes. Luego atendí la letra y no pude más que concluir: alguien mayor de veinte años está detrás de esto. Y es claro, no por hacer menos a los muchachos, pero naturalmente, por más avances que haya, la mentalidad de los jóvenes es maleable, llena de huecos, con tendencia a la imitación de patrones, ideas, conductas, actitudes y valores, no se diga de opiniones. Esto no los hace menos, no obstante los hace vulnerables a los intereses mezquinos de los oportunistas, los hace carne de cañón predilecta de los que albergan esperanzas aviesas frente a la posibilidad de hacerse de un modo u otro con el poder. Lo hemos visto generación tras generación: jóvenes que en su despertar a la vida contrastan su experiencia con la de sus ancestros y predecesores, fincan sus ideales en una realidad que sienten les va quedando chica y acaban por minar con iracunda virulencia cuando no con desidia, llevados por el rencor, la desesperación, la ambición, las aspiraciones frustradas, más dispuestos a destruir para reconstruir que a construir sobre los construido.

Es más, la digresión anterior sirve para examinar. A esta altura de este texto, habrá que contar cuántos ya se van quedando y siguen dispuestos a seguir ya no nada más el próximo párrafo o la inmediata línea de abajo, sino esta palabra antes del punto y aparte.

Si tú, amigo lector, has rebasado la frontera del punto, antes que nada gracias. Por tu paciencia, interés y gusto por la lectura. Pues no siendo yo un clásico y diciendo quizá barrabasadas me has dado permiso de entrar por los ventanales de tus ojos hasta ese rincón íntimo de tu mente y tu corazón donde habita la curiosidad por saber. Algo, aun anterior a este artículo, detonó tu hambre y tu sed de letras. Te nació pizcar las migajas dejadas por mi retórica, y si llegaste hasta aquí nadie te obligó, ni un profesor ni un programa académico ni tus padres ni Dios, acaso solo tu libre albedrío.

Y en este darme y darte permiso de entrar en un diálogo a través de la distancia confirmo que ninguna letra puede ingresar en la conciencia a punta de insidioso deber. Hay cosas que sí son necesarias y vitales. La lectura puede serlo, pero no el modo como se lo ha venido enseñando por siglos. Que conste, no me opongo a la lectura de nada, sino a meterla con calzador en el ánimo del lector incipiente.

Almas vecinas

Hay escritores publicados y premiados y no por ello son del todo conocidos. Hay los que sin pasar por los ojos de los lectores gozan de fama indescriptible.

Habemos los que no sabemos desatarnos de la circunstancia y los que son en sí mismos lo que ya Ortega y Gasset apuntaba: snobs en constante búsqueda y construcción de la propia.

Esta vez quiero compartir un poema que, a mi juicio, goza de una fuerza y una solidez descomunales, de esas que solo pueden surgir del alma. Ya quisiera leer más textos de escritores mexicanos coetáneos o más jóvenes con la honestidad y desgarro espirituales que hallo en este texto como en su autor, Manuel Pérez- Petit (algo tendremos de parientes por causa de su apellido materno) de quien no quiero decir mucho, porque temo que no le haría debida justicia.

Coetáneo, español (perdón, catalán) de origen, avecindado en México por causa, como les pasa a tantos, de enamorarse de lo que esta maravillosa, prodigiosa tierra nuestra ofrece y muchas veces quienes somos oriundos de ella no aquilatamos, tuve ocasión de conocerlo, de tratarlo unas pocas veces por motivo de laborar para él y su editorial Sediento Ediciones algunas dictaminaciones de libros. Su semblante afable empero ligeramente adusto me reveló desde la primera impresión un alma decidida, aventurera, melancólica y colérica, ingredientes estos necesarios para hacer de la mezcla literaria verdadero polvorín. Periodista de profesión, poeta por vocación, pluma de buena cepa, déspota para algunos (ni yo me salvo de que me tachen con semejante adjetivo, ya se ha visto y lo he comentado) su grado de exigencia en lo que la palabra y sus usos se trata lo hacen un escritor y un editor un poco a la vieja usanza; lo que es bueno para unos y no tanto para otros. ¿Buen amigo? Quizá, no lo conozco tan a fondo.

Confieso que, aun cuando tenía noticias de su regular fama y nombre, en realidad desconocía su obra. Es apenas cuando ha estado soltando aquí algunos poemas suyos que me he ido acercando aún más que cuando le estreché personalmente la primera vez.

Este poema en particular me ha colocado en una posición peculiar, parafraseando el dicho, entre el espejo y la pared. Porque encontrarme un extranjero que se sienta, como decía un amigo cubano de mi padre, más mexicano que el pulque no es frecuente y me conmueve hasta el corazón mismo del agave. Más cuando se expresa con la fuerza y precisión con que este poeta lo hace. Me atrevo a decir, aun habiendo leído poco, que estamos ante un escritor que cae en la descripción de Unamuno para quien la densidad de la palabra lo era todo.

Es este un poema denso por sustancioso. Es este, lo aseguro, un poeta denso por su gravedad y su soltura, complejo en su simpleza y simple en su proposición.

Disfruté conocerlo y ojalá el trato se prolongara, a pesar de mi encierro. Le entregué con posibilidad de publicación mi Laberinto Bestial 1. Semillero de Indicios. Le vio potencial y también coincidió en la necesidad de enmiendas menores (que no hice para la autopublicación, pero sí he efectuado para una segunda edición). No supe si finalmente cabía en sus intereses, pero poco importa, porque al fin somos bestias que abrevamos en el mismo venero de la, como calificó Octavio Paz, libertad bajo palabra.

Dolor de México
De Mi pensamiento (2005-1011, incluido en Sin tierra soy, 2013, Tintanueva ediciones)

Manuel Pérez-Petit mirando el Templo Mayor
de los mexicas en México, D.F. Agosto 2010.
Imagen: Search Pofy
Sé que me callarán hasta los huesos,
que es mi deber ser mudo aunque mi lengua
explote con serpientes y con gatos;
que en este levantar de la hemorragia
debo tragarme entero cual cicuta
este dolor que siento y nadie siente.

Manuel sin tierra soy, y así me aguanto.
Se puede preguntar, pues hay respuestas
deseando borbotar a nuestro encuentro
en esta nopalera del camino
y bajo el sol que mata ya es mi apuesta
apostar por el sol que resucita.

Yo soy mitad durazno medio tuerto,
de corazón helado y reclamante,
ser de mieles cuajadas de tristezas,
nave desvencijada y con espinas,
apenas un proyecto, apenas nada,
reventado de erratas sin sutura.

Yo soy un ser sangrante sin remedio,
yo nací defectuoso y esto es crónico,
y más desde que piso nuestra tierra,
la tierra prometida, Tenochtitlan,
amor de mis amores, y si pesa,
recomiendo camotes y ajo y agua.

Yo soy el megalómano si opino,
la piedra en el zapato que anda solo, 
otro nuevo Cortés y otro Alvarado,
el que contrasentido se encamina
en una meteórica carrera
dedicada a medrar y a ser insulto.

Yo soy el alacrán que quita el sueño,
una especie de chinche maliciosa,
un chapulín incómodo y chocante
que aparece de pronto entre las sábanas,
llenándolas de olor a puro caño,
el escamol perdido y la urticaria.

Yo soy un ser molesto por ser libre;
por venir de los mares que cruzaron
quién sabe quién y qué tristes torturas,
y aunque de la chingada sea mi padre
también soy hijo pródigo y querido,
y en la patria común de la palabra.

Yo soy el pinche ser que siempre ofende,
el que impone lecciones y se arrastra,
y, en lugar de humillarme y ser soluble,
voy dictando doctrinas de otro mundo,
que siento que es peor que en el que vivo,
a este país de fuego, edén del agua.

Y aunque deba callarme no me callo,
pues no me da la gana, y que expatríen
mis huesos en el hueco de este pino
el puñado de amigos que aún no tengo,
los que cosen mi boca, los censores,
negando libertades que son mías.

¿Qué pinto, pues, joder, en el dolor
y cuando este dolor no siendo mío
es más mío que el duelo enlutecido
que envuelve a lo que amo en esa manta
podrida por un virus de ignominia
y en la que estando todos yo no quepo?

No soy indiferente a tanta sangre
ni al duelo vergonzoso establecido
por lo institucional que se denigra,
y en la revolución a que me apunto
espero hallar un hueco respirable
para mi ser de apátrida cansado.

Y al llanto que me clama y moviliza
por un México limpio de dolores
me alzo y alzo mi lápiz y este puño
de corajudos versos, manos blancas,
banderas de silencio y ventanales,
-y ya me vale madres qué digáis-,
me alisto de inmediato a la batalla,
con la sola defensa de mi pecho,
y quiero ir al frente para siempre,
a vuestro lado, al tuyo, así a morirme,
por esta causa noble de la patria,
y por mucho que pese a quien le pese,

mi grito es: ¡Viva México, cabrones!