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martes, abril 24, 2012

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Sexo elogioso

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El cuerpo humano es de las cosas más bellas de la naturaleza. Cómo lo usemos, cómo lo interpretemos (cómo lo leamos) determina su corrupción o su maldición. He leído en Facebook una narración muy buena intitulada “Ronquido rojizo” salida de la pluma del joven escritor queretano Hoz Goliardo Leudández, de quien ya hice elogio de la lectura en el pasado. Texto que incluyo sic transit (algunos puntos y aparte no le vendrían mal) más abajo para su respectivo elogio y el cual, considero, aún más que ser leído por varones, debe ser disfrutado por las mujeres, quizá las más reacias a hacer florecer el erotismo en ellas.

Los mojigatos, de cualquier tinte, dirán (por ser mis cuentas públicas) ¡esto lo leen niños! ¡Que le corten la cabeza! (y no faltarán los que quisieran caparme por hereje, atrevido indecente, luego de pasar por el torque del garrote vil al autor de las líneas incluidas más abajo.) No obstante, la belleza de metáforas empleadas por el autor, la valentía y audacia en el manejo del lenguaje, de un tinte podríamos decir (si hacemos el intento de clasificar) entre posmodernista y reaccionario neoexpresionista, aunadas a la hermosura de la imagen que ilustra el texto, más que soliviantar y pervertir han de ser abonos en la ardua tarea de educar en la sexualidad, tarea que el estado mexicano (y no únicamente) ha acometido no sin trabas por parte de obtusos padres de familia, maestros, clérigos, y demás runfla de intolerantes que, si bien tienen y respeto y defiendo todo su derecho de expresar su sentir y pensar alrededor de estos temas, así como sobre la ecología, la tauromaquia, la política o quién mató a la vaca, no pueden (no deberían) perder de vista que la omisión como consecuencia de la vergüenza lo que propicia es la ataraxia de los sentidos.

Nos quejamos de tener los gobiernos, las economías, la educación que tenemos, pero somos los primeros a título individual en negarnos la maravillosa experiencia de explorar, y a modo de legado  pretendemos que las generaciones ya presentes y las venideras continúen nuestra herencia de  vilipendios y falsos pudores Olvidamos que es lo primero que hacemos en nuestra tierna infancia, y que el primer terreno en el que nos aventuramos a conocer lo que de divino hay en nosotros es precisamente nuestro cuerpo y el cuerpo del otro (el de la madre, el del semejante a cada cual). O, qué, ¿no sucede que hay madre y padres que al momento de cambiar los pañales a la cría se ruborizan al corroborar que  tiene pene, que se erecta y por lo tanto es señal de que funciona?; o los que, independientemente de la cultura, siguen viendo en la vagina y el clítores la cueva de los ladrones de ilusiones de la familia?

La soberbia que podemos observar en calidad de “sentido común” en los individuos adultos educados en la culpa, conduce a la conformación de sociedades frustradas en lo más elemental de sus sentidos: la piel.

Si hablamos de miradas de deseo, las llamamos lascivas. Si hablamos de olfatos que se incitan por causa del aroma bajo la axila o el cabello de alguien cercano, los empatamos con la fineza sensitiva de los cerdos o los perros. Si hablamos de gustos deseosos de confundir la vulva con la boca, decimos que son muestras de hambrienta procacidad. Si escuchamos los gemidos que encienden nuestras carnes, los nombramos con apelativos embriagantemente irrisorios cuando no ridículos. Si tocamos lo que otros dicen es intocable, nos sentimos morir entre la culpa el placer. No digo más.

RONQUIDO ROJIZO
Hierve el contraste al margen del que la tenía en cuenta a la venuseta que acaba de terminar la faena, sobre la colchoneta yace su cuerpo tendido, exhausto, aún con el espasmo del orgasmo nítido que derramó sobre mi ombligo, en esa misma cama donde antes galopaba con fiereza, rompiendo las temples de mi olvido semanal donde no la tengo, donde ando sin ella perdido, esperando el escape clandestino a su casa para soltar rienda al libido, esperando a que venga si quiera un pequeño rato para calmar las fauces de mi urgencia por su ausencia. Termino, y ella termina, las horas en las que nuestros sexos se enlazaron en ritmos, parecen no ejercer su gravedad sobre nuestros cuerpos vencidos, pero no por esa gravedad horizontal –la que avienta a los cuerpos hacia delante y nos hace envejecer–, sino por la opereta de cuerdas bucales que enrollaron los racimos de gemidos atosigados, esos que parieron mudos porque en el cuarto de abajo estaban durmiendo sus padres. Éramos prófugos de la luz reptantes aullando a nuestros abismos, suspirando a nuestras honduras, e inundando con gritos nuestras oquedades, para que los “suegros” no tengan sospecha alguna, de que un reptil se coló hasta la alcoba con las vestiduras de una sombra, de un murmullo, de un crujir nocturno que ronda el paseo de sus recintos desnudo y con la mecha hecha tromba, filosa y fiera. Durante, ella avasallante mostraba esas poses relampagueantes que chasqueantes, pregonaron los óleos más bellos, con su cabello de fuego y sus carnes alumbradas de blancas y casi transparentes y alucinantes desaires, eran harems perspicuos que invitaban al delirante vaivén, era su piel un enjambre de sabores desconocidos y de golpeteos irreconocibles a su status de “ven con tus pedales, no vente con tus genitales”. Los torpedos que surgían sin aviso, eran el ronroneo de una felina en pleno delirio, en justo celo, uno que otro suero que goteaba, de entre sus piernas o sobre mis garras, emulaban a una cascada de cristalino néctar, de entre su vestido negro, solo se podía entre ver un remolino maligno turbosuccionante que regocijaba y clamaba mi nombre, y sabía mi hambre, era ella una telaraña tejida de goce de cuerdas de acero y de encaje en pantaletas en jugos de veneno. No hubo de necesitar mostrar por completo su desnudez, lo necesario fue solamente doblar el revés y entrar sin esperanza de salir limpio, sus ojos en la oscuridad resplandecían verdosos, céfiros arcaicos de alguna deidad occidental inventada para rezarle un buen movimiento de caderas o alguna cosecha de cultivo afrodisiaco para fortalecer al sexo, su cabello fosforecía con su fuego, era un rojo carmesí que emulaba un Armagedón de meteorogemir que amenazaba a mis tierras. Sus manos plácidas de astucia tentáculos de evavulva frutapulpo, acomodaban mi arma que entraba como un fusil en ambos de sus cañones bélicos obtusos, salía la bala de una para entrar a otra sin remedio a decir; que alguien saldría vivo cuando decidiera escurrir la pólvora de mis adentros. Ella develaba hermosura en sus gestos, revelaba locura en su coqueto sieso, ella plasmaba vanguardismo en su vagina y elasticidad en sus envestidas, pero, todo en silencio, todo a oscuras, todo en blanco y negro y sin el dobly sourround de nuestras palabras rudas. Al término, rastros de mi vida líquida aún le perforan en gotas grosas la idiosincrasia de su pecho, recorren sinuosas hasta estancarse pariendo un bordo de agua aglutinante al final de su garganta y al principio de su cuello, charcos tibios que rebasan las calcas de pliegues capilares con mis renacuajos híbridos que nadan y nadan, hasta difuminarse tatuaje y volverse el ropaje de unos humores pervertidos. Algunos peces de mis mares tuvieron alas y descansan en sus labios vívidos y en sus mejillas lívidas, boca sorbemoles, rostro ninfosonoroerótico. Muchos perecieron entre las queratinas flamas de su cabello, pero es el crimen perfecto, ni un mensaje, ni un sonido, ni una sola palabra alojada en las esquinas de eco de su recinto permanece crucificada en las paredes, ninguna incitación hacia algún pómulo, hacia alguna protuberancia curva, hacia algún lunar o hacia algún movimiento que causó morbo el uno en el otro, nada, no hay pistas y nada se alcanza a dibujar en los espacios que sudan en la alcoba que fue lupanar, ni una miga de bruma permanece latiente ni aún después de tanto resuspiro humedénico, ni de tanto regemido recaliente. Ella pide calma y sigilo, ella clama paz después de lo llovido y de lo arremetido, y yo encaro la necesidad de más, pero ella en fatiga me mira con los ojos entre cerrados y los sentidos entre dormidos, y me trago la insaciabilidad reptilica. Un eslabón son sus piernas rodeándome de frente, sus brazos son cadenas que son imposibles de romperse, y en calor, y en dulzura, admiro su rostro de tranquilidad después de la batalla que casi me roba la cordura y me quedo dormido. Nada se escucha, el edicto era permanecer quieto, callado, sin ningún movimiento brusco para no causar un despilfarro de los padres que, si llegasen a entrar, hagan que terminé en una situación difícil para mí humanidad e imposible de escaparme. Pero yo duermo confiado de su ausencia, confiado de su invisibilidad, de sus voces tenues con el arrullo en mute. Mis ojos resguardan su sublime soltura y su epicúreo rostro, su hermosura aún después de la justa es insoportable y endiabladamente saboreable y exquisita. Pienso; no cabe duda que no tiene más que la suerte de una belleza espontánea que jamás veré con alguna otra anti-musa, pero al cabo de sueños, empieza un auge nuevo. Un berrido se escucha, la belleza de sus definidos trazos faciales permanece hundida en la almohada con esquizofrénicos reptares, su boca entre abierta suelta saliva ácida, mientras sus cuerdas bucales cantan una satánica misa aguda y luego grave. No pienso en ella como nada más que una bruja que con sus wicas cantares, qué belleza me resulta el ronquido bélico de tan diminuta boca suya que, antes parió de ahí mi suspiro. Y despierto por completo, asediado por los espectros de su sueño pesado y su crujir de muerto, y la observo, detenidamente, y me vuelvo a sentir incitado vehemente por su pose de cadáver mal enterrado. Su pecho derecho vibra con cada verso salmo de su ronquido edénico arrastrado, y no soporto el solitario pezón que parece casi desterrarse de la aureola, y lo meto a mi boca, y le respaldo con mi lengua loca que quiere calmarle el aparente danzón por frío, pero no, es el ronquido de la venuseta que es imparable y erógenamente rico. El cuarto se llena de más oscuridad y su susurro se vuelve graznido, y aletean los poros nasales de forma descomunal que se me hace inhumano el dejarlos así, sin darles a probar esto que se humedece en mi mano. Pienso que quizás evoca miles de maldiciones, es el gutural reclamo del Ichiredión, el engolar arcaico del Grimorio, o el blasfemar prosaico del Malleuz Mallefecarum, o quizás un poema del Necronomicón y una imagen del Codex Gigas. Y me incita excitándome con malicia a penetrarle nuevamente mientras ella desfallece en los artilugios de Morfeo, arqueo un poco su vientre, y me mojo un poco con su lengua, y quiero salvarle pese a cualquier cosa; persignándola con mi pene para que no sufra de algún demonio que entrar a su cuerpo osare y aterra. En el nombre del padrote, del tipejo y del espíritu sátiro… amén y va para su boca. La pose atropellada de la desfallecida venuseta, me parece la más bien lograda que no pude transmutar en la noche en que la tuve completa, y no me aguanto, y el movimiento chusco de su pie desnudo volando fuera de la cama, me mata, me enerva, me ata, y lo lamo, y lo felo, y lo mamo, y lo quiero todo dentro para no dejar caer ni una sola gota si es que ella eyacula desde su pies pedazos de cielo, pedazos de plumas, porque ella cree que no sobre pasa los pisos, cree que sus pies no rebasan el suelo, pues ignora que sabe levitar y sabe transformar sus piernas en alas hechas al vuelo como un demonoave multi enérgico. Y me introduzco dedo por dedo, y su alarido de dormida parece una sicofonía que presagia el holocausto, es una vocera eficaz del apocalipsis, incauto permanezco en sincronía con sus flemáticos cantos, su boca de six strings poseen un distorsionador muy escueto, pero aún así yo bailo; ella inhala y yo me meto, ella exhala y yo me salgo. Es un fox throt de cuatro pasos que, me carcome y me hacen ponerme a tope, su vestido negro aún está mal puesto con un muslo suelto y un pecho fuera que la hacen estar criminalmente erecto. Separo sus piernas y me abro paso, quito por completo la pantaleta y escucho un gemido que da un cambio, no como el graznido de hace un rato, es más bien como el alarido de un conjuro que seguro profanará el santo legado de Jehová, y su pose de muerte es tan poética que, me parece imperdonable el no dispararle, fuerte, recio, directo y a quemarropa.

Sus cabellos rizados se electrizan y crean una nueva forma simbolista de cómo divisar una enredadera mortal, ella ignora de sus bellas deformidades, y yo disfruto el violarle el sueño, porque en la mañana que apenada me pida que mis ojos los tape, para no verla en sus incomodidades matinales, le diré que soy el más afortunado superviviente de sus evocaciones de bajos astrales, y que no me importa si perdió el estilo o se le corrió el maquillaje. Ya que hay magia en ella, negra, pero magia al fin de cuentas, tanto hay que me hacen enloquecer hasta en sus poses más fatídicas, donde parece ser la encarnación de pesadillas bestiales. Le diré que no me importa y que no me pesa, le diré que me enamora y que me embelesa… ser yo la víctima de sus posesiones demoniacas, donde ella me muestra que la belleza se encuentra; hasta en las posiciones más extravagantes que da la fatiga, y en los cantos más hilarantes… como lo pueden ser sus ronquidos que tanto me incitan, a hacérselo mientras sueñe, importándome poco el no haber dormido, importándome poco que el rocío del sueño deje eses en sus ojos, importándome poco que el alud de la noche provoque manchas, importándome poco que el glamur de su fino rostro que tanto se aclama en las calles, permanezca borrado por los derrames del cansancio impiadoso que borra los amperajes de su electricidad embriagante. Le diré que no me importa y que no me pesa, le diré que lo único que sé, es que quiero que sea ella el ángel de la guarda en mi cama cuando duerma, y el monstruo que me desvele en mi cama cuando insomnio tenga, no importa; lo de menos, es volver a persignarla queriendo exorcizarla con mi húmeda y erecta arma. Y no, no me importa nada más que siga ella, a mi lado, como cómplice y prófuga de la luz dándome más y merecida guerra.

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